FECHA DE VIAJE: ABR/MAY 2018

Ahhhh las Highlands. Qué lugar increíble para conocer, cuántas ganas de volver.

Vistas plenas del mar, colinas interminables repletas de ovejitas, castillos en ruinas, atardeceres que duran horas y mucha mucha paz.

A fines de abril de 2018 fuimos a Escocia sin haberlo planeado con anticipación. Estábamos en Londres y teníamos dos semanas antes de nuestro próximo destino (Nueva York). Nos fijamos a dónde podíamos ir sin gastar mucho y Escocia apareció como una buena opción, cerquita y súper tentadora.

¿Qué se imaginan cuando piensan en Escocia?

Nuestra idea de Escocia era una mezcla de colinas verdes gastadas, frío, cielo gris, acantilados, mar feroz. Ah, y castillos, obvio.

Resultó ser todo eso y mucho mucho más.

Nos tomamos el National Express, colectivo de media y larga distancia del Reino Unido, con ruta Londres – Edimburgo. Por primera vez en el viaje casi nos perdemos un transporte.

El bondi salía tempranito y ¡salimos con tiempo! pero no con suficiente tiempo para el tráfico londinense de la hora pico mañanera. Veníamos chequeando en Google Maps y todo indicaba que si llegábamos iba a ser exactamente a la hora a la que salía el colectivo. Corrimos las últimas cuadras -calor, mochila que pesa 20kg atrás, mochila que pesa 10kg adelante- y llegamos… exactamente a la hora que salía el colectivo. Nos subimos y arrancó. No nos esperaban ni de casualidad. De ahí en más, previsión europea para tomarse un transporte.

Los dos tenemos un don para quedarnos dormidos en cualquier viaje así que no hay mucho para contar de la travesía.

Edimburgo es una ciudad hermosa. Es bueno saber que en inglés se escribe Edinburgh, las primeras 50 veces a alguna letra le pifiás.

Teníamos reserva en el Belford, una ex-iglesia convertida en hostel. El gobierno escocés tiene la buena política de no subsidiar religiones y la tendencia es que cada vez menos gente cree y aporta, por lo que se ven bastantes iglesias reconvertidas en bares, hoteles, restaurantes, colegios, etc.

Caminamos mochila a cuestas los dos o tres kilómetros de subidas y bajadas hasta el hostel y salimos a dar una vueltita. Mayo es bien entrada la primavera en el hemisferio norte, pero a estas latitudes no se dan por enterados. Hacía frío de cam-pe-ro-ta. Tenemos unas camperas que dicen que son para hasta -20°C, con capucha peludita y todo, y damos fe: podés estar con eso y una remera acostado en la nieve y ni te enterás. Escocia fue por ahora el único destino de este viaje que justificó haberlas llevado aunque ocupan un tercio de la mochila. Las usamos casi todos los días.

La expectativa que no se cumplió fue la del cielo gris. Casi casi casi siempre tuvimos el cielo despejado y solcito. El frío así tiene mucho encanto. Las ciudades invernales se despiertan cuando sale el sol, la gente sale a la calle, tocan la gaita. Es todo alegría y sigue siendo suficiente frío como para justificar el whisky.

Lo primero que intentamos hacer cuando llegamos a una ciudad nueva es hacer un free walking tour. Nos tocó una guía española copada que vivía en Escocia desde hacía bastante, suficiente como para poder transmitirnos las diferencias de idiosincrasia entre Escocia e Inglaterra, y narrarnos el proceso terriiiible, sangriento, que llevó a que hoy sean parte del Reino Unido (proceso que cuenta con dudosa rigurosidad Corazón Valiente).

Una particularidad escocesa que hace que Edimburgo sea muy especial es que tienen una relación muy amigable con la muerte. Los cementerios son parques abiertos al público. Están integrados como espacio verde en la ciudad, podés ir a hacer un picnic y tirarte a dormir una siestita a los pies de Hume (llevar frazada). La gente los aprovecha un montón y hay un contacto cotidiano con la historia que formó su identidad.

Disfrutamos mucho Edimburgo. Pasamos unos días comiendo pastel de papa y planificando lo que sería nuestro recorrido por las Highlands haciendo la ruta de 500 millas por la costa norte, uno de los grandes roadtrips del mundo.

500 millas no es mucho, son 800 kilómetros, pero cuando la ruta es sólo de un carril, doble mano, por acantilados y colinas zigzagueantes, con el viento soplando desde el Mar del Norte y muy pocos lugares para parar, 500 millas se convierten en una aventura intensa y alucinante.

Tuvimos una mala antes de salir porque alquilamos el auto en GreenMotion, grave error. Son una empresa de mierda, estafadores, llenos de buenas críticas falsas. Todo el mundo estaba ahí quejándose y nosotros no zafamos. No pudimos alquilar porque no aceptaban nuestras tarjetas de crédito (¿firmar? no, chicos, chip o te cobramos un plus de £250) así que perdimos la reserva y la plata. Con profunda ira nos fuimos a reservar a otro lado porque yaestábamosenEdimburgoquenoquedanuncadecaminoaningúnlado, ¿cuándo íbamos a ir las Highlands si no?

Los seguros de viaje en general cubren el alquiler de auto, también los seguros de las tarjetas de crédito, así que siempre rechacen todo lo que les quieran incluir, inclusive los seguros básicos. Lean las condiciones de sus seguros de viaje. Se ahorran unos buenos mangos con esto. Nosotros lo aprendimos equivocándonos, obvio.

El primer destino desde Edimburgo es Inverness, puerta de entrada y salida a las Highlands. Es la única ciudad que hay en la zona, el resto son todos mini pueblitos. Inverness está a 57° grados de latitud norte, eso es muuuuuy al norte. Está más al norte de lo que Ushuaia está al sur. Y las Highlands son de Inverness para arriba, o sea, muuuuuuy muy al norte.

Dato de color(ado) de Inverness: tiene una de las densidades de pelirrojos más altas del mundo. Esta parte del mundo tiene mucha influencia celta porque a los romanos se los complicó llegar hasta ahí para conquistarlos. De hecho el gaélico sigue siendo la lengua materna de gran parte de la población.

La gente es amable, te charla, ¡como en Londres! (JA). Cada pueblo era una linda caminata y la oportunidad de conocer a las personas con el mejor acento del mundo. El premio sin lugar a dudas se lo lleva Colin del B&B de Lochinver, un tipo divino que nos hizo un desayuno a todo color y cada vez que hablaba te alegraba la vida.

Todos te advierten sobre la ruta. El camino es peligroso. Doble mano, un carril. Eso dice todo. Cada tanto hay espacios en la banquina para ceder el paso y la gente local la tiene clarísima. Por suerte como fuimos antes de que empiece la temporada alta había muy pocos turistas. El principal peligro eran las ovejas que sin ningún tipo de dudas saltan a la mitad de la ruta en cualquier momento desde cualquier costado. Las veíamos ahí al lado del camino, saltando, siempre esperando que alguna se nos metiera en el medio. Las miramos, nos miraban. Y una sí, para confirmar nuestros temores, saltó a la mitad del camino como para decir “a ver si me esquivan”. Con paciencia y Barbi al volante pudimos esquivar ovejas sin sobresaltos.

¿Y en invierno? Parte de la ruta cierra así que compren muchas latas de choclo.

Ir en temporada baja tiene sus cosas buenas y malas. Las malas es que los negocios cierran y conseguir comida puede ser un desafío. Llegamos a Gairloch cerca de las ocho de la noche y tuvimos que hacer varios kilómetros para encontrar un supermercadito donde encontramos unos bastoncitos de pescado. Horribles pero comida al fin.

Las buenas de la temporada baja es que les puede tocar estar completamente solos en un hostel que fue una de las primeras casas del pueblo, solos sin siquiera el personal del hostel que se va a las siete de la tarde, en la punta sobre la costa sin casas cerca, sentados en los sillones de cuero de un living construido en el 1800, escuchando a la madera de las paredes crujir por el viento, mirando por el ventanal el atardecer que dura horas y horas mientras sale la luna blanca porque a esta la latitud pasan esas cosas. Mágico. No nos lo olvidamos más.

A lo largo de las 500 millas una de las grandes atracciones son los faros.

Los faros son siempre algo pintoresco para ver. Tienen ese encanto tan especial…

En esta costa tan escarpada y asesina hay muchos muchos faros. La gran mayoría los construyó la familia Stevenson, puntualmente el abuelo y el tío de Robert Louis, autor de La isla del tesoro. Parece que de chiquito viajaba mucho con su abuelo que le contaba aventuras de mar y guerra. El abuelo Stevenson tiene su lugar de honor en el cementerio de Edimburgo, pero su tumba está enrejada así que no se puede dormir una siestita.

La verdad es que no se puede creer que hayan hecho construcciones en estos lugares a fines del 1700 y que todavía sigan en pie. Eran unos genios de la ingeniería. Todo conspira contra el asentamiento humano. Sólo entre el frío, el mar y el viento te hacen la vida imposible. Encima no hay un metro de tierra ¡es todo roca! Dura existencia la del farero y su familia.

Hoy en día los faros se manejan a distancia, pero te los alquilan si querés hacer tu cumpleaños (posta).

Los faros también son una buena excusa para llegar a los puntos más extremos del territorio. Los acantilados inmensos donde rompe el mar dan cobijo a cientos de miles de pájaros que en esta época se acovachan ahí por algún mandato del campo magnético. Gritan, se pelean, vuelan. Es impresionante ver esa cantidad de bichos juntos. También vimos alces, vacas flequilludas y ovejas negras. Ningún otro se animó a meterse en nuestro camino.

Como nos quedaban unos días y queríamos dejar de movernos un poco, nos alquilamos tres noches en una casita en Strathpeffer (la nada misma). Ma ra vi llo so. Una casa vieja gigante que tenía distintas “alas”. La nuestra era el ala oeste… un lujo.

De ahí volvimos a Edimburgo y ya partimos para Liverpool a visitar amigos.

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