No esperen grandes atracciones.

Ofrecemos hamacas a orillas del río y montañas verdes transformadas en arroz, comida deliciosa y mucha mucha tranquilidad.

El pueblo de Laos es un pueblo castigado. Nunca en su historia los dejaron en paz.

Fue un reino. Conquistas, batallas, delirios de reyes.

Los entregaron a Francia. Dominación colonial a sangre y fuego.

Entró el ejército nor-vientamita. Promesas de igualdad a cambio de hacer caso.

Y, lo peor, bombardearon los yanquis. Durante diez años (1964 – 1973) Estados Unidos bombardeó Laos para cortar algunas rutas de suministro del ejército vietnamita. Tiraron más bombas en Laos que todas las bombas tiradas en la Segunda Guerra Mundial -todas las bombas en total-. DIEZ AÑOS bombardeando a la gente por si acaso. Mataron a más de un millón de civiles. Los obligaron a vivir aterrorizados escondidos en cuevas. Dejaron el suelo lleno de agujeros y minas antipersonas que SIGUEN ACTIVAS, destruyeron selvas. Por si acaso. Quinientos kilos de explosivos por habitante.

Imagínense el terror de la gente cuando escuchaba un avión acercarse.

En 1975 metieron preso al rey y se armó la República Popular Democrática. Las tropas de Vietnam siguieron en el país hasta 1990. Así de fresca está la sangre en Laos.

Y, sin embargo, el país y su gente nos sonríen. Viajar por Laos se hace amable, amigable, apacible. Los días van discurriendo des-pa-ci-to en los brazos del Mekong.

La estrella turística de Laos se llama Luang Prabang. Se puede llegar en barco desde Tailandia -debe estar muy bueno- pero nosotros volamos desde Bangkok. Luang Prabang es patrimonio de la humanidad y, por lo tanto, tiene financiamiento de Unesco para mantenerse cuidada y prolijita.

Los templos acá son muy antiguos, muy específicos de un tipo de disciplina de meditación y, de paso, muy lindos. El más importante es el Wat Xieng Thong. Las paredes están pintadas con escenas de la vida cotidiana: gente plantando arroz, gente cosechando arroz, gente secando arroz, animales de granja, montañitas, el río y ofrendas a los monjes. Estas mismas escenas se ven bordadas en los souvenires que se consiguen en Luang Prabang y sólo en Luang Prabang. Esto es importante. Cuando vemos tantos puestos vendiendo lo mismo, la sospecha nos lleva a asumir que es todo chino y que se consigue en cualquier lado. Bueno, aparentemente no es así porque no los vimos en ningún otro lado y valen mucho la pena. Son cosas hermosas y delicadas que tiñen y bordan las mujeres del pueblo. Hay cooperativas de artesanas que se organizan para enseñarle a otras.

Todo eso y mucho más (el resto todo chino) se vende en el mercado nocturno, epicentro de la movida en Luang Prabang. Es una calle de puestos que se arman y desarman todo en el mismo día, todos los días. Cientas de vendedoras sentadas en el piso, la mayoría consumiendo YouTube. En general están con sus hijos bebés o son las propias hijas chicas (de unos 9 años en adelante) las que te atienden y regatean. Es una cagada ver a les niñes trabajar, una constante en todo el sudeste asiático. Es cultural, es por necesidad. Por lo menos en Luang Prabang pareciera ser que durante el día van al colegio. Hay que destacar que el trato que se ve hacia les niñes es siempre siempre siempre excelente. Las familias parecen recontra amorosas y cuidadosas. Mucho más que la media de los países occidentales. Pero bueno, a laburar.

Del mismo mercado sale un callejón angosto donde se concentra la oferta culinaria desde los platos típicos locales (sopas inescrutables, chorizos picantes, animales a la parrilla, mezclas de vegetales y cachos de cerdo…) hasta el gran invento para turistas: hay un buffet de ¿treinta? opciones de comidas vegetarianas, te dan un plato hondo y por 15.000 KIP (us$1.80) podés llenarlo todo lo que quieras. La comida no es especialmente sabrosa y está fría, pero es súper divertido hacer malabares para servirte todo. Lo malo es que las frutas están al final entonces te queda el ananá arriba del arroz con curry.

Una gran sorpresa del mercado fue encontrar panificados -suena coro de ángeles-. Quizás el único legado positivo que dejaron lo franceses. Después de un mes en Tailandia donde el pan sólo existe en el supermercado Seven/Eleven, poder comer baguette, tostadas y cosas dulces fue, sin dudas, una gran gran noticia para Barbi. Además, a Laos lo recorrimos con Marilí y Roberto que están mejor sin oxígeno que sin pan. Baguette y omelette, alimento básico en la aventura laosiana.

Gracias al blog Abordo del mundo conocimos un restaurante local muuuuuuy rico y abundante. Se lleva el premio a la porción de Pad Thai (Pad Lao) más grande de todo el viaje. Es que ¡las porciones en estos países son chicas! Es inevitable no quedarse con las ganas de un poco más.

Las otras dos actividades de Luang Prabang son el ex palacio real y el monte Phou Si. Al palacio no entramos, preferimos deambular (gratis) por el predio a meternos (pagando) a ver cómo vivían los reyes de Laos hasta que los metieron presos. Sí pudimos ver sus colecciones de autos, todos regalos del gobierno de ¡Estados Unidos! El cinismo de regalarle autos blindados al rey mientras bombardeaban a la gente… made in the USA.

El monte Phou Si es el punto panorámico para ver el atardecer sobre el Mekong. [Aclaración: Mekong. Es uno de los ríos más largos del mundo, nace en las mesetas del Tíbet y desemboca en el mar pasando por China, Myanmar, Laos, Camboya y Vietnam. Sus aguas irrigan el arroz que comen cientos de millones de personas. Es la base de la subsistencia de parte importante de estos países. El estado del río es desastroso. Contaminado de muerte y amenazado por más de once represas que los chinos planean construir de acá a un par de años.]

El atardecer desde el Phou Si es hermoso. Es la escena que te imaginás cuando pensás en esta parte del mundo. Verde alrededor, río ancho y tranquilo, montañas al fondo y un sol naranja. Apocalypse Now sin los helicópteros asesinos. Lástima los turistas.

Desde Luang Prabang nos fuimos a Nong Khiaw, algunos kilómetros al nor-este hacia la frontera con Vietnam. Hablemos de las rutas en Laos: desastre indescriptible. Directamente habría que llamarlas “cráter”. Todos los blogs de viaje lo advierten pero hay que vivirlo para entenderlo. La combi que nos llevó a Nong Khiaw fue una sucesión de pozos y esquivada de gente permanente. El conductor era un desquiciado, eso no ayudaba. La ruta pasa por una represa en construcción. Se ve que el acuerdo con los chinos fue que les construían las represas pero no se hacían cargo de los caminos que los camiones iban a hacer polvo durante los años y años que se tardara en construirla.

Nong Khiaw es una aldea sobre el río que alguien inventó que era un punto turístico. La elección es completamente arbitraria, podría haber sido cualquier otra aldea. Ni siquiera está sobre una ruta nacional. Le tocó a Nong Khiaw. La ubicación es perfecta para hacer la actividad principal del turismo en Laos: acostarse en una hamaca y ver pasar el río.

Nuestros bungalows tenían la particularidad de estar pegados a un ring de peleas de gallos. Es mega común en Laos que los varones pasen todo el día apostando en las peleas de gallos o jugando a las bochas (la petanque, otro legado francés). Así que cuando empezaba a amanecer teníamos una buena dosis de gallos anunciando que era hora de levantarse.

La otra actividad principal para hacer en Nong Khiaw es subir a los miradores. Cuando decimos subir es subir y subir y subir y subir. Veíamos desde abajo unas especies de plataformas arriiiiiiiiiiiiba en la montaña y pensábamos “eso no puede ser”. Sip. Eran. Subimos y subimos hasta que llegamos a un mirador muy básico muy en la cornisa sobre la roca. La vista era impresionante. Kilómetros y kilómetros de visibilidad de ríos y cadenas de montañas. Espectacular. Además, en el camino pasamos por un árbol de esos pocos maravillosos que sobrevivieron al exterminio humano, con raíces más anchas que nosotros que forman un mundo interconectado debajo y sobre la tierra, y copas que cubren todo el cielo.

Antes de irnos a nuestro próximo destino río arriba, salimos a caminar y una hora después o algo así llegamos a una aldeita que se llama Hatxao -no está en Google Maps-. Pudimos ver la vida misma de la gente. Nos mostraron los campos de arroz comunitarios, los búfalos con los que aran y la escuela. Nenes y nenas por doquier jugando, infinitos. Adolescentes jugando al takraw, un deporte tradicional y acrobático, algo así pero en un potrero. Fue una visita recontra linda a una aldea real de la vida laosiana.

De Nong Khiaw tomamos una barca larga y finita que nos llevó una hora río arriba a Muang Ngoy, otra aldea arbitrariamente definida como turística. Mucho más chica que Nong Khiaw y más prolija, más turística que real. La comida en Laos puede ser excelente si elegiste bien el lugar. No es fácil porque los menúes son prácticamente siempre los mismos y los lugares son siempre casas familiares, no hay casi forma de distinguirlos. Cuando llegamos a Muang Ngoy almorzamos en Vita, ¡increíble! Marilí lo va a recordar como la mejor comida del viaje.


Es difícil describir los sabores de los currys y las sopas cremosas locales, tienen ingredientes que nunca probamos mezclados de formas que nunca imaginamos. Si la pegaste es casi una experiencia religiosa. Otro de los lugares, manejado por un sueco muy pillo, ofrece desayuno buffet ilimitado, ¿quién se puede resistir?

Después del almuerzo emprendimos la caminata a Bat Na. Caminamos varios kilómetros entre los arrozales en medio de esas montañas cónicas, pudimos ver a los búfalos nadando, a los chanchitos corriendo. Es un paisaje de cuento.

Llegamos a Bat Na y nos encontramos con señoras tejiendo en telar las polleras tradicionales que usan todas. Una tela enganchada en la cintura como cuando salís de la ducha. La tela es de hilos que van poniendo uno por uno, tienen patrones y colores bastante complejos, es como que van vestidas con una obra de arte. Una de esas señoras se armó al final del pueblo un chiringuito con unos bancos y una mesa sobre una ladera con vista a los arrozales. Perfecto para tomar un té y unas cocas -calientes, no hay electricidad-.

Desde Muang Ngoy volvimos atrás nuestros pasos porque nuestro viaje era rumbo sur. Lancha a Nong Khiaw, unas horitas esperando que salga la combi, y de nuevo el trayecto del demonio para Luang Prabang. Esta vez el conductor no era un demente y, pozo más pozo menos, el viaje estuvo mucho mejor. Como ya conocíamos la ciudad y llegábamos de día, elegimos no alquilar hospedaje con anticipación. Es cómodo tenerlo reservado, pero también es más caro. Hay una diferencia interesante entre alquilar por Booking / Agoda o caer en el momento y buscar precios. Siempre puede pasar que esté todo agotado, haga calor, las mochilas pesen mucho y todo sea igual de caro. Eso no nos pasó en Luang Prabang, pero sí en Vientiane, el destino siguiente.

El viaje ya fue de por sí demoledor. Diez o doce horas en combis muy incómodas, con bolsos hasta las orejas, paradas constantes, calor, curvas y contracurvas. Hicimos un cambio de van en Vang Vien en una secuencia muy representativa de cómo es viajar por el Sudeste: llegamos, el conductor nos hizo bajar en la puerta de un hostel, sacó nuestro equipaje, nos dijo “esperen diez minutos” y se fue. Los del hostel no tenían idea de quiénes éramos ni qué hacíamos ahí -tampoco es que les importaba-. Así que, con fe en la humanidad, esperamos y diez minutos después llegó otra combi, nos subimos y seguimos viaje.

Llegamos a Vientiane, capital de Laos, después de mucha ruta y con un calor que nos hacía extrañar las montañas y el río. No teníamos hospedaje. Salimos a caminar y estaba tooodo agotado. Finalmente después de una hora larga encontramos el Sport Guest House, accesible y no sucucho. Quince minutos después salíamos de nuevo a la calle con todas nuestras cosas porque en las habitaciones había chinches. Estos bichitos divinos además de picarte sin clemencia pueden transmitir enfermedades complicadas. Derrotados, hicimos una cuadra y nos metimos en el Avalon Residence. Precio border, mucha escalera, desayuno mediopelo, pero sin chinches. Hicimos el intento de pedir leche con el café de la mañana… una de las cosas más lindas de viajar es entender las diferencias culturales viviéndolas. Ellos no sólo no entendían milk, que es lo de menos, sino que NO le ponen leche al café entonces no podían comprender ni concebir lo que les estábamos pidiendo.

Nos pasa mucho que queremos algo que para nosotros es obvio como sal para la comida o huevos duros y nos chocamos contra la pared. Pedimos huevos hervidos en Tailandia y nos sirvieron en un vaso dos huevos cuasicrudos que habían cascado y tirado al agua hirviendo. Después descubrimos que sí comen huevo duro, pero son huevos en salmuera que venden ya hervidos. La salmuera los conserva al rayo del sol pero también los hace incomiblemente salados.

Vientiane pasó casi sin pena ni gloria. Fuimos al templo principal, nos tomamos el transporte público y comimos pizza. No es un destino especial. Conserva mucha influencia francesa y hay supermercados, cosas de ciudad capital.

De ahí nos tomamos un bus nocturno a Paksé. Atentis al bus. Como es un colectivo nocturno y se asume que vamos a dormir, no hay asientos. No son butacas reclinables ni nada. Son camitas. Chicas. Como de una plaza y cortita. Peeeeero pero pero cada camita es para dos personas. Es decir que si estás viajando en número impar de personas a alguien le toca compartir la camita con un/a extraño/a. Doce horas de bus nocturno. Mejor hacerse amiguis en la estación y por lo menos verificar que no tenga mucho olor a chivo.

En Paksé dimos una vuelta por la Bolevan Plateau. Decidimos no alquilar motos porque las rutas, los dementes manejando y la policía corrupta nos podían arruinar las vacaciones. Hicimos un tour de un día que nos llevó a tres cascadas, dos muuuy lindas, una plantación de té y café, y un par de comunidades locales. La plantación fue una buena oportunidad para ver las distintas plantas de café, ver de dónde salen los granos -novedad para nosotros- y el proceso que se les hace. Además servían un té blanco con miel de sus colmenas que nos recordó lo que es disfrutar de las pequeñas delicias de la vida. Por otro lado, las visitas a las comunidades locales fueron horribles. Una invasión de gringos entre las chozas. Gente viviendo y nosotros ahí mirando, sin guía, sin explicación, sin interacción. Sólo fotos de europeos a la pobreza laosiana.

En Paksé dimos con un hostel de primera. De esos que parecen de cadena en Berlín o Barcelona. Lindo mimo después de días de habitaciones húmedas. Encima en un restaurante vietnamita resultaron servir tortilla de papa. Ay, Galicia, te extrañamos.

Nuestro último destino en Laos fue Don Det, una de las llamadas “4000 islas” que se arman en un delta que forma el Mekong antes de la frontera con Camboya.

Don Det es el paraíso del turismo banana pancake. Hamacas paraguayas sobre el río, buena oferta de comida y siempre Jack Johnson de fondo. Podría ser cualquier otro país y no te das cuenta. Es un micro-cosmos armado a gusto del mochilero de primer mundo. No nos quejamos, no. Es un muy buen lugar para pasar unos días mirando el atardecer.

¡Qué atardecer! El Sudeste nos regaló muchas posibilidades de ver bajar una bola de fuego que pasa por el amarillo, naranja, fucsia, rojo, y se refleja en el río mientras lo atraviesan las lanchas de pescadores.

Hasta acá fue Laos. Mejor ni hablar de la frontera con Camboya. Corrupción y maltrato. Nos quedamos con la gente amable, los nenes jugando, la tranquilidad, algunas comidas y la esperanza de que el progreso no los destruya como a algunos de sus vecinos. Acumulamos para la próxima las ganas de conocer el norte, más real pero más inaccesible.

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