CURIOSOS POR EL MUNDO

Nuestro paso por el mundo para amigues y familia.

Myanmar (ex Birmania)

FECHA DE VIAJE: FEB/MAR 2019.

Mientras nos acercábamos a la frontera ya notamos la diferencia. Estética al principio: unos nenes con la cara pintada como si jugaran a los indios. Después vimos que todos tenían la cara pintada, y que, además, hombres y mujeres usaban pollera. Habíamos llegado a Myanmar.

En kilómetros y kilómetros de frontera compartida son pocos los pasos habilitados para cruzar desde Tailandia a Myanmar por tierra. Un poco porque mucho de eso son montañas, pero sobre todo porque las fronteras de esta parte del mundo son, desde hace muchos años, un ir y venir de gente ilegal y mucho, mucho opio.

Myanmar es el segundo productor de opio del mundo detrás de Afganistán. La zona norte de Myanmar, Tailandia y Laos es conocida como el triángulo de oro. Las fronteras están cerradas, la producción es controlada por narcos / el gobierno / guerrillas y es territorio prohibido para el turismo, no se puede entrar. En realidad un porcentaje muy grande de Myanmar es territorio prohibido. Desde que se fue Inglaterra en 1948 el país está sumido en una guerra civil con altibajos y controlado por una dictadura militar que mucho abarca y mucho aprieta. Las 55 millones de personas de infinitas etnias, que viven de la agricultura de subsistencia, están ahí oprimidos por una casta de milicos y arriados por el budismo omnipresente.

De hecho hasta 1992 los extranjeros no podíamos ir a Myanmar. ¡1992! Es decir que hace sólo 27 años que este país comenzó a abrirse a los ojos del mundo que tanta expectativa tenía, y tanta obvia desilusión se llevó. En 2017 se hizo imposible seguir escondiendo la realidad y el conflicto Rohingya llegó a la prensa del mundo. La idea de que en Myanmar las cosas estaban mejor para la gente era nada más que una mentira. No fuimos a la frontera con Bangladesh, claro, y la única persona local que hablaba bien inglés se limitó a decir “lo que dicen las noticias es que…”, es decir yo de esto no sé nada.

Es difícil la decisión de visitar o no estos países de gobiernos tan nefastos . Lo mismo pasa con Tailandia, Camboya y probablemente Laos -del que se sabe menos- (hay que ver qué países podemos contar que no tengan gobiernos nefastos, ninguno resiste archivo). Sin dudas lo que vale la pena es el contacto con la gente, conocer la cultura y compartir con ellos aunque sea por señas y sonrisas. La gente no es lo que hace el gobierno.

La frontera nos recibió con un tal Mr. Beauty que estaba sentado en la oficina de inmigración, nos dio la birome y nos explicó todo lo que teníamos que saber para rellenar el formulario en birmano (lindos firuletes, ဤသည်ကိုမြန်မာဖြစ်ပါသည်) e inglés mal traducido. Claro que Mr. Beauty no era un funcionario sino el dueño de la casa de cambio ilegal / agencia de taxis que te llevan a Hpa’an, destino obligado de todos los que entran por esa frontera. Ya estábamos advertidos de no cambiar plata con él y gentilmente le dijimos que no nos rompiera las pelotas, cambiamos unos dólares por Kyatt en otro lado ($1 = K 1500) y nos subimos a un taxi de Mr. Beauty.

Esperamos el ratito que hay que esperar hasta que se llena el auto para que salgan y arrancamos en un viaje de 80km que iba a durar más de 2 horas cosa de que ya nos acostumbráramos al transporte birmano. Durante el trayecto tuvimos un momento gringo, o sea, momento donde decimos “todo bien con que acá el uso y costumbre sea de esta manera, pero vamos a usar nuestro veto de extranjero”. Éramos 5 en el auto: dos chicas y Barbi atrás, el chofer -que escuchaba música cristiana en inglés de YouTube- y yo. Se notaba que venía manejando despacio como taxista buscando a su próximo pasajero. Volando bajito. Y en determinado momento -después de parar varias veces a charlar con gente que se cruzaba- intentó sumar a otra pasajera al asiento de atrás. No, mostro, ya somos 5. Es a) incomodísimo y b) peligrosísimo porque no se puede usar el cinturón de seguridad y acá manejan como dementes. El veto funcionó. Pobre la señora que no se pudo subir pero bue.

En un momento las chicas se bajaron y subió otra señora con su hijo. En una parada técnica para almorzar -obligada en toda Asia- las hijas de la dueña del lugarcito donde paramos le explicaron a Barbi que lo que tenían en la cara era para el sol y le dieron un pedacito de lo que después nos enteramos que es madera de sándalo. La señora le mostró a Barbi unos resultados de estudios oncológicos con la esperanza de que por ser extranjera los pudiera interpretar. El birmano no funciona sin conexión a internet en Google Translate así que todos los intentos de charlas profundas terminaron frustrados.

La visa de Myanmar es de 28 días y el país es grande por lo que hay que elegir bien los destinos. La mayoría de los turistas hace un círculo que empieza y termina en la ex-capital Yangón. Es que hasta hace unos años no se podía hacer más que eso, pero leyendo blogs más recientes encontramos lugares fuera del circuito donde, en muchos casos, íbamos a ser casi los únicos extraños dando vueltas.

Hpa’an tiene como atractivo principal unas cuevas sagradas llenas de figuras de Buda, muchísimas, talladas en la propia montaña hace cientos de años. El paisaje es kárstico, es decir, son montañitas bajas redondeadas -casi cónicas- de piedra caliza. El agua, el tiempo y el hombre las van deformando a su antojo. El interior termina siendo una mezcla de recovecos, luces y sombras que dan buen escenario para lugares sagrados. En una de las cuevas a la que había que trepar pudimos sentarnos en una piedra a mirar en el horizonte a la gente trabajando el campo y pescando con redes. Una imagen muy linda y pintoresca que nos dejaba vislumbrar un poco del encanto que tiene este país de documental. En otra de las cuevas nos vimos intensamente observados por muchos ojitos de nenes que van con sus familias desde las aldeas y probablemente nunca en su vida habían visto extranjeros. Después de un intercambio de señas medio tímido rompimos la barrera de formalidades y nos terminamos sacando fotos y bailando boomerangs para Instagram.

En esta época en Myanmar hace muuuuuuuuuuucho calor. Un calor seco, un sol que raja la tierra. Desde el mediodía hasta el atardecer es bastante difícil hacer cosas sin derretirse. Nos vamos a acordar de ese sol. Para peor, como la malaria está bastante presente, empezamos el recorrido tomando las pastillas antimalaria. No el Tropicur, el que da pesadillas, sino otra variante apta para el tipo de mosquito que está en esa zona. La pastilla es una bomba al estómago. Al ratito de tomarla nos anulaba. Nos hacía mierda. Intentamos tomándola a la noche y un poco mejoró la cosa, pero terminamos dejándola a los quince días porque nos estaba haciendo la vida muy difícil. Por ahora que sepamos no tenemos malaria.

De Hpa’an nos fuimos a Yangón, ciudad principal y capital del país hasta hace poco cuando un dictador ridículo tuvo una visión y decidió hacer una capital nueva desde cero en Naypyidaw: que ahora es una ciudad fantasma.


Yangón es grande y creció muy rápido. Una de las cosas más comunes que vimos es que ciudad que crece rápido en país pobre sin educación ni infraestructura = montañas y montañas ubicuas de basura. En resumen: es un asco, pero tiene el encanto de ser un nodo multicultural, con mercados de foto y la vida callejera que se espera. Vale la pena.

Una parte significativa  de la población es de origen hindú. En general musulmanes que supieron irse de India antes que los ingleses. Sus condimentos e ingredientes plantean sabores variados e interesantes que abrazamos con alegría. Arroz, siempre arroz, pero con otro gusto. Nos la pasamos comiendo samosas (empanadas piramidales fritas de papa, cebolla y arvejas), currys de papa y lentejas, chapati y hasta encontramos una heladería más que buena con gustos aleatorios como azafrán. Una de la principal diferencia con los vecinos del sudeste es que en Myanmar existe las ensaladas. No son precisamente lo que nosotros llamamos ensaladas porque vienen con abundante maní frito y alguna hoja avinagrada, pero mal que mal son ensaladas. La de zanahoria y cilantro es un gol. Además en Myanmar hay flan.

La atracción principal de Yangón es la pagoda Shwedagon que le dio a Barbi la oportunidad de sacar estas fotazas.

El hostel fue una experiencia complicada. Llegamos con la reserva hecha pero las habitaciones estaban ocupadas. Ok, puede pasar. Nos mandaron a un dormitorio que compartimos con una sola chica asiática. Como en esta zona hay mosquitos, lo ideal sería que las camas tuvieran mosquiteros pero no es el caso. La solución que encontraron los del hotel fue darte un Raid para tirar en la habitación sin ventanas durante toda la noche. Encantador… No pudimos dormir. Pedíamos por favor que dejara de tirar veneno pero no hubo caso. A veces las diferencias culturales literalmente te matan.

Una de las opciones para acercarse a la gente es tomarse el tren local. Nos tomamos uno hasta la terminal (2 horas de ida, 2 horas de vuelta, sol abrasador) en donde compartimos comida y risas con los nenes que siempre dan la bienvenida a lo distinto. Los trenes los hicieron los ingleses para transportar las cosas que se querían llevar -obvio- y están igual que como los dejaron. En todos estos años se hizo -a lo sumo- el mantenimiento para que puedan andar, pero no mucho más. Son los mismos vagones, la misma tecnología. La velocidad promedio de los trenes es de 15 kilómetros por hora.

De Yangón nos tomamos un colectivo a Loikaw, primer destino fuera del circuito más turístico. Con viento a favor la velocidad alcanza 50km/h. Llegamos a la mañana temprano, estaba fresquito. Loikaw es una ciudad chiquita y llena de eucalyptus. Otra cosa. Nos alojamos en un hotelaaaaazo cerca de la terminal, con vista al lago y desayuno. Una maravilla. La comodidad resultó ser bastante práctica porque este fue el primer destino donde la panza de Barbi decidió que no estaba para tolerar las condiciones bromatológicas, el picante, el calor y encima la pastilla de la malaria. Por suerte el malestar duró poco y al día siguiente ya estábamos recorriendo.

Prácticamente no había turistas. Myanmar de por sí es un país con mucho, muuuuucho menos turismo que sus vecinos (1 millón por año vs 40 millones por año que tiene Tailandia) pero además Loikaw es un destino de tours en grupo y desde que se destapó el conflicto Rohingya ese tipo de turismo bajó un 60%.

Nos mudamos del hotel con vista al lago porque una noche ya era demasiado lujo y caímos en una guesthouse suficientemente buena de una señora que además de hacernos el desayuno nos lavó la ropa gratis. Eso se valora y mucho.

El plan es subirse a una moto y recorrer las aldeas de los alrededores donde vive gente de varias etnias, incluidas las “mujeres de cuello largo”. El primer día fue infructuoso, no vimos más que plantaciones secas y unos tipos muy sospechosos con unas tremendas ametralladoras. Resulta que esta zona tiene sus conflictos de guerrilla por más que sea apto tourist. El segundo día sí tuvimos suerte, pudimos ver bastante gente, saludar muchos nenes y pasear por paisajes lindos. La verdad de la milanesa es que las mujeres de cuello largo no tienen el cuello más largo que lo normal. Es sólo la ilusión que dan los aros metálicos. Se los pueden sacar, y no, no se les cae la cabeza. También vimos una linda variedad de comunidades al día siguiente en el mercado donde la gente de todas las aldeas va a llevar sus frutas, verduras, productos de mimbre, galletas gigantes de arroz, y a comprar ojotas y otras cosas de ciudad. Siempre buena la experiencia de los mercados. Como hacía calor nos quedamos sentados en un lugar y la gente nos miraba y nos saludaba. Fuimos una atracción más.

Cada etnia tiene su ropa, sus telas de colores en la cabeza, sus aros en el cuello. Los hombres usan pollera, eso es lo estándar. Es una tela larga cuadrillé y enrollada alrededor de la cintura, atada así nomás. Las de las mujeres son más variadas y coloridas. Además de las telas y la cara pintada con sándalo, en Myanmar se masca el betel, una mezcla de tabaco, nuez, cal y condimentos. Todo el tiempo en todos lados están masticando y escupiendo, masticando y escupiendo. El piso está lleno de escupitajos rojos y sus dientes son una miseria destruída color violeta. Un beso en Myanmar es más que un pacto de sangre.

Otro micro veloz nos llevó hasta Kalaw. Caímos en una guesthouse bastante deteriorada donde nos recibió Robin, nuestra indiscutida persona favorita en Myanmar. Robin es un tipo de sesenta y pico, con voz tranquila y sonrisa grande. Su familia fue a Myanmar desde India porque el padre trabajaba para la empresa ferroviaria de Inglaterra arreglando camiones. Cuando se fueron los ingleses, usaron los camiones para hacer distribución de cosas en los pueblos locales y tenían una máquina para sacar la cáscara al arroz. Es por esto que Robin se conoce a todas las personas de los alrededores y desde que se abrió el turismo en los 90 hace caminatas desde Kalaw hasta el lago Ingle a través de las aldeas. Tuvimos mucha fortuna de caer en sus manos porque la experiencia de caminar tres días con él fue espectacular, totalmente único. Por un lado fue la única persona que nos cruzamos que hablaba bien inglés, bien en serio, como para charlar. Esto fue clave para hacerle muchas preguntas y que nos contara de todo un poco dentro de los límites de no hablar mal de ningún gobierno. Además, como se conocía a tooodo el mundo en el camino y habla sus dialectos pudimos probar frutillas directo de las plantas, comer muuucha comida india y local espectacular, moler cúrcuma con la gente, tomar el té en las casas de los aldeanos, jugar con los nenes, compartir casa con las familias, ver las carretas de maderas tiradas por cebúes… una experiencia de documental. Vimos a la gente en su lugar real, eso en general es muy difícil.

Andando nos cruzamos con varios banianos / higueras / ficus, árboles que tienen cientos y cientos de años. Esos árboles enormes, que se estiran para todos los costados y abajo del suelo son un universo de cosas vivas. Increíbles. Por ser sagrados se salvaron de la deforestación que arrasó con el boscazo que tenía Myanmar. Hoy de eso ya no queda nada.

La caminata fue intensa pero tuvimos la suertísima de que los días estaban nublados. Robin la hizo en ojotas, como si nada.

Aprendimos que el 1% de la población del país son monjes. Que los monasterios son una parte fundamental en la educación de los chicos y la gente les dona hasta la mitad de su ingreso. Que en vacaciones del colegio les niñes van igual a la escuela porque maestras voluntarias les enseñan el lenguaje de su comunidad. Que el 80% del país se dedica a la agricultura de subsistencia, es decir, vive de vender en los mercados y compartir con la comunidad lo que cada cual puede. Que ir a la universidad es sólo para los hijos de ricos. Pero Robin no se quejó nunca de su realidad. Quizás porque son así, quizás por miedo. Es poco lo que se puede saber de verdad de la vida de la gente estando ahí sin ponerse a preguntar de más. No es como en América Latina donde es fácil charlar con la gente y que opine de su país, su gobierno, su día a día.

El trekking terminó con un paseo en lancha hasta el lago Inle donde nos quedamos una sola noche y salimos para Bagán a ver sus miles y miles de pagodas. Bagán es una ciudad muy, muy turística pero con dinámica propia. El mejor ejemplo es el mercado donde, si bien hay algunos rubios dando vueltas, la mayoría de la gente está en la suya, comprando y vendiendo frutas, verduras, pollos, carne, pescados vivos, condimentos, maíz frito y cosas procesadas al por mayor.

Una vez más, éramos los únicos en la guesthouse aparte de un señor chino muy quejoso y enojoso. Como en los otros países del sudeste, los empleados viven en los hoteles y son siempre muuuuuuuchos más que los necesarios, en general familias enteras. Se pasan todo el día ahí haciendo nada. Duermen a veces en una habitación, a veces en un colchón en el piso. Suponemos que eso es mejor que estar plantando jengibre a mano en el campo. En Bagán no fue la excepción. Eran muchas personas que estaban muy atentas a nosotros. El desayuno era monumental. Ahora desde China valoramos mucho, mucho, mucho los desayunos en el resto de los países. Los chinos saben mucho de muchas cosas, pero no de desayunos.

La propuesta en Bagán es alquilar una moto eléctrica e ir a recorrer la zona de pagodas desde el amanecer hasta el atardecer. El amanecer es hermoso. Ir descubriendo las miles de pagodas en los alrededores a medida que se aclara la vista, ver el sol salir rojo naranja desde el horizonte. Además, a esa hora salen los globos aerostáticos -carísimos- que llenan el momento de magia. Todo esto trepados ilegalmente a las pagodas que dan el beneficio de la altura. Hasta el año pasado se podía subir a algunas con escaleras, pero ya no. Entonces las opciones son a) no ver el amanecer, b) subirse a alguna de las que se pueden trepar o c) pagar una coima a un tipo que te abre la reja de las que tienen escaleras. Optamos por hacer el mal pero sin pagar coimas. La verdad es que este tipo de turismo no es nada sustentable. Subirse a una construcción de mil años tiene como fin probable el derrumbamiento. En teoría hay un proceso de reconstrucción y re-habilitación, para eso se supone que es la entrada que cobran, pero vimos poco y nada en movimiento.

Las pagodas son increíbles. Las hay de todos los tipos, tamaños e importancia. Constituyen un paisaje muy especial para ir recorriendo en moto.

De Bagán nos fuimos a Mandalay, antigua capital del reino que terminó siendo Myanmar. La vimos sólo de paso porque de ahí salía el famoso tren a Hsipaw. El recorrido es conocido porque pasa por el viaducto de Goitek, un pasaje entre montañas muuuy alto y finito, uno de los trayectos en tren más famosos del mundo. Ves venir el viaducto desde lejos, el tren se acerca despacito, y más despacito hace el recorrido de 700 metros al borde de la nada con una vista espectacular.

Nos quedamos un poquito en Hsipaw y volvimos en el mismo tren -por el mismo viaducto- a Pyin Oo Lwin, bastante cerca de Mandalay. Resultó ser una ciudad bastante linda, con un clima muuucho más amigable por estar un poco en altura. Ricas panaderías, flan y sandías sin semilla baratísimas. Pyin Oo Lwin fue la arena de la batalla final entre la panza de Barbi y la comida birmana. Terminamos quedándonos cuatro noches -ya éramos famosos en el pueblo- y saliendo desde ahí bastante bien recuperados rumbo al aeropuerto para seguir nuestra aventura en China.

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